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LA JUVENTUD Y LOS MÁRTIRES DE SAN JOAQUÍN

  • Fecha: 07-05-2026
  • Autor: Luis Fernando Hernández Mena, Estudiante claretiano

El pasado 25 de abril tuve la oportunidad de vivir una experiencia profundamente significativa junto a muchos jóvenes provenientes de distintos estados de la República, quienes nos reunimos para participar en el encuentro juvenil organizado por los Misioneros Claretianos con motivo de los 99 años del martirio del Padre Andrés Sola Solíst, CMF; Padre José Trinidad Rangel y el laico Leonardo Pérez, hombres que entregaron su vida por Cristo y por el Evangelio. Sin duda, este encuentro dejó una huella muy grande en mi corazón y fortaleció aún más mi proceso vocacional, porque pude experimentar cómo Dios sigue actuando en medio de los jóvenes y cómo el testimonio de los mártires continúa inspirando a las nuevas generaciones.

Desde el inicio del encuentro se respiraba un ambiente de fraternidad, alegría y fe. Los formandos claretianos también participamos de esta experiencia, compartiendo con jóvenes llenos de entusiasmo y deseo de acercarse más a Dios. Nuestro primer destino fue Cristo Rey, en el Cerro del Cubilete, un lugar emblemático para la fe de nuestro pueblo mexicano. Estar ahí, contemplando a Cristo que reina desde lo alto, fue una experiencia que nos ayudó a recordar que, aun en medio de las dificultades y pruebas, Jesús sigue siendo el centro de nuestra vida y el verdadero Rey de nuestros corazones.

Posteriormente, llegamos al Santuario de los Mártires, donde se celebró la Santa Eucaristía presidida por el obispo Excmo. Sr. Jaime Calderón Calderón, arzobispo de la arquidiócesis de León, Gto., acompañado de sacerdotes diocesanos y sacerdotes misioneros claretianos, entre ellos el M.R.P. Ernesto Mejía Mejía, provincial de los Misioneros Claretianos de México. Fue muy emocionante ver la gran participación de tantos jóvenes y laicos reunidos en torno al altar. En esa celebración comprendí que la Iglesia sigue viva gracias al testimonio de quienes, con valentía, entregan su vida por amor a Cristo. La memoria de los mártires no es solamente un recuerdo del pasado, sino una invitación para nosotros, especialmente los jóvenes, a vivir una fe auténtica y comprometida.

Al terminar la Eucaristía visitamos los restos del Padre Andrés Solá y de sus compañeros mártires. Estar frente a aquellos hombres que dieron todo por Cristo me hizo pensar profundamente en el valor de la fidelidad y en el verdadero sentido de la entrega. Después nos dirigimos al Rancho de San Joaquín, lugar donde fueron martirizados el Padre Andrés Solá, el Padre José Trinidad Rangel y el laico Leonardo Pérez. Llegar a aquel sitio fue impactante, porque no se trataba únicamente de un lugar histórico, sino de un espacio marcado por el amor, la fe y el sacrificio.

Ahí instalamos nuestras casas de campaña y comenzamos a convivir mediante algunas dinámicas para conocernos mejor. Poco a poco se fue formando un ambiente de confianza y alegría entre todos los participantes. Más tarde, realizamos una peregrinación desde el rancho hasta el lugar exacto del martirio. Fue uno de los momentos más especiales de todo el encuentro. Caminamos unidos, reflexionando sobre el testimonio de aquellos hombres que no tuvieron miedo de entregar su vida por Cristo.

En ese mismo lugar se llevó a cabo una Hora Santa con Jesús Eucaristía. La adoración siguió el esquema “Arde”, un método muy bello y profundo que ayudó a vivir ese momento con gran intensidad espiritual. Ahí, en el mismo sitio donde los mártires derramaron su sangre, experimentamos la presencia viva de Jesús. Fue un tiempo lleno de silencio, oración, alegría y reflexión. Personalmente, sentí cómo el Señor hablaba a mi corazón y me recordaba que seguir sus huellas implica aprender a entregarse con amor, incluso en medio del cansancio y las dificultades.

Después, regresamos al campamento para cenar y continuar con otras dinámicas de convivencia. Compartir con tantos jóvenes llenos de fe fue algo que me llenó de esperanza. En cada conversación, canto y sonrisa se podía descubrir la alegría de ser hijos de Dios. Muchas veces se piensa que la juventud está lejos de la Iglesia, pero este encuentro fue una muestra clara de que existen muchos jóvenes dispuestos a caminar con Cristo y a responder generosamente a su llamado.

Al día siguiente comenzamos con la oración de la mañana, acto seguido de algunos cantos de animación preparados por jóvenes de distintas comunidades claretianas. Más tarde, compartimos el desayuno y continuamos con actividades de integración y reflexión juvenil. Finalmente, celebramos la Eucaristía en la capilla donde murió el Padre Andrés Solá, CMF, y los mártires de San Joaquín. Durante la homilía, el sacerdote nos invitó a hacer memoria viva del martirio y a preguntarnos de qué manera nosotros también estamos llamados a entregar nuestra vida por Cristo.

Aquellas palabras tocaron profundamente mi corazón, especialmente en mi proceso vocacional. Comprendí que el martirio no solamente consiste en derramar la sangre, sino también en aprender a entregar cada día la propia vida en el servicio, en el trabajo, en el cansancio y en la fidelidad cotidiana. Los mártires claretianos son un ejemplo de valentía, amor y entrega total a Dios. Ellos nos enseñan que vale la pena vivir para Cristo y permanecer firmes en la fe aun en los momentos más difíciles.

Al finalizar la celebración regresamos al rancho para compartir los alimentos y tener un último momento de convivencia entre todos los participantes. Después cada grupo regresó a su lugar de origen, pero todos volvimos con algo especial en el corazón: una sonrisa, una alegría profunda y el deseo de seguir caminando con Cristo.

Para mí, este encuentro fue una experiencia muy hermosa y llena de gracia. Me ayudó a fortalecer mi fe, a valorar el testimonio de los mártires y a descubrir que Dios sigue llamando a los jóvenes a ser valientes y generosos. Me llevo en el corazón cada momento vivido y, sobre todo, el ejemplo del Padre Andrés Sola, CMF, del Padre José Trinidad Rangel y de Leonardo Pérez, quienes con su vida nos recuerdan que el amor a Cristo siempre vale la pena. Su testimonio continúa encendiendo el corazón de muchos jóvenes y motivándonos a no desfallecer nunca en nuestro camino vocacional, sino a seguir adelante con fuerza, alegría y confianza en Dios.

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