EL ACONTECIMIENTO GUADALUPANO
- Autor: Prefectura de Apostolado
Introducción
En este mes de septiembre iniciamos la conversación con el tema de Guadalupe. Reflexionaremos sobre este gran acontecimiento que ha forjado a nuestra nación y ayudado en su identidad. Serán cuatro los folletos compartidos; favor de difundir la información y, así, prepararnos para su fiesta del 12 de diciembre.
El Acontecimiento Guadalupano
El acontecimiento guadalupano lo queremos entender como nos lo expresa la Carta Pastoral del Encuentro con Jesucristo a la Solidaridad con todos, a saber: “a las apariciones” de Santa María de Guadalupe al indio Juan Diego, a la milagrosa imagen y a su repercusión a través del tiempo […] fruto de una gracia que asume, pacifica y plenifica el drama de una historia” (CEM, Carta Pastoral, Del Encuentro con Jesucristo a la Solidaridad con todos, México, 2000, p.19).
Tenemos en cuenta, pues, un conjunto de elementos teológicos, históricos y culturales. Por ello hacemos referencia a este como un acontecimiento, es decir, como la presencia maternal de la Virgen María, que anuncia al verdadero Dios por quien se vive y acompaña y acoge al pueblo, intercediendo por él. El acontecimiento guadalupano es un elemento importante para entender el origen y desarrollo de la historia de la nación mexicana al considerarlo como un fruto de este proceso de inculturación.
La Virgen de Guadalupe representa en México la culminación de los grandes esfuerzos que pusieron algunos de los primeros evangelizadores. Ella irrumpe en nuestra historia como Niña y tierna Madre, identificándose con el pueblo pobre y humillado por la derrota de los conquistadores. Se muestra como una de ellos en todo: en el vestir, en la lengua, en la cultura, en el color de piel.
Sabemos la situación en la que se encontraban los indígenas al tiempo de suceder el acontecimiento guadalupano, por las narraciones del Nican Mopohua, atribuido a Antonio Valeriano, el cual nos lo describe así: “a los diez años de conquistada la Ciudad de México, yace ya en la tierra la fecha y el escudo, por dondequiera están rendidos los habitantes del lago y del monte” (La numeración la tomé del libro de Clodomiro Siller, Guadalupe luz y cambio de nuestra realidad, Ed. Guadalupe, Buenos Aires, s/a, que hace, basándose en la traducción de Don Ángel María Garibay, cfr. p. 11).
Ante esta realidad de opresión e impotencia del pueblo para cambiarla, llevó a Juan Diego a aceptarla con fatalismo: “ciertamente soy un campesino de por ahí, un cordel, una escalerilla, el excremento de los poderosos […] me envías a un lugar a donde no ando y no paro” (Nican Mopohua 40).
Con este pueblo que estaba sentado en las tinieblas y en las sombras de muerte (cfr. Mt 4, 16), sin futuro y sin esperanzas de ninguna especie, nos dice Don Bartolomé Carrasco: “la Virgen de Guadalupe, como excelente pedagoga del Evangelio, decide encontrarse, salirle al encuentro, para devolverle la esperanza perdida, para anunciarle los designios misericordiosos de Dios” (CENAMI, A quinientos años (serie) El proyecto evangelizador y liberador de la Virgen de Guadalupe, México 1989, p. 13).
Del acontecimiento guadalupano como “prototipo de teología inculturada” puede deducirse que Dios mismo avala el protagonismo del indígena en la tarea de inculturar el Evangelio en su teología (Manuel Arias, Teología India, p. 8). Ahí encontramos un buen ejemplo de inculturación, de delicadeza para anunciar el Evangelio en categorías entendibles para el pueblo. Ella anuncia un nuevo amanecer para nuestros pueblos, asumiendo los signos y símbolos de un pueblo caído en desgracia. No se anuncia a sí misma, sino al verdadero Dios por quien se vive, al Tlaque Nahuaque (cfr. Nican Mopohua 22), al Dios del cerca y del junto.
Artículo tomado de la tesis “La Inculturación en el Acontecimiento Guadalupano” del P. Juan Manuel Buzo Sánchez.
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