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XXVI CAPÍTULO GENERAL | 09/09/2021

Publicado Septiembre 09, 2021

Por Gobierno General

Adoradores y testigos alegres en la barca de la Iglesia

Nemi, Italia. 9 de septiembre de 2021. Al Capítulo le quedan pocas jornadas pero nuestra comunidad no pierde el vigor del trabajo conjunto y tampoco la alegría que viene de Dios. Así lo anunciaba el canto inicial de la eucaristía, animada por nuestros hermanos de Colombia-Venezuela: alegre la mañana, que nos habla de ti. Y así lo hemos podido experimentar a lo largo de todo el día. Verdaderamente el de hoy ha sido un tiempo de gozo en el Señor, Aquel que nos ha acogido en su barca para estar con Él y para llamar a otros al servicio de su Reino.

Con la mirada puesta en San Pedro del Vaticano, donde nos esperaba la audiencia con el papa Francisco, hemos hecho una primera parada antes de salir de Nemi en el atrio de la iglesia San Juan Bautista del Centro Ad Gentes para tomar la foto oficial de grupo de este XXVI Capítulo General. Llegados a Roma, como tantos peregrinos venidos de todas partes del mundo, hemos recorrido la Via della Conciliazione (Avenida de la Conciliación) hasta la Plaza de San Pedro. Una vez en ella -la primera para algunos de nosotros- hemos atravesado la célebre Puerta de Bronce y el soleado Patio de San Dámaso para ingresar al Palacio Apostólico. Allí nos hemos encontrado con nuestro hermano Card. Aquilino Bocos Merino, CMF, y algunos otros claretianos de las comunidades de Roma. La espléndida Sala Clementina se ha abierto para nosotros: todo en ella -el color de los frescos, el brillo de los mármoles, el juego de las luces, la conversación fraterna- creaba la atmósfera de las grandes ocasiones.

Después de una paciente espera, con cuidada puntualidad, el papa Francisco entraba en la sala al dar las doce. Tras un breve saludo de parte del Card. Bocos y del P. Mathew Vattamattam, CMF, este último ha hecho llegar al Santo Padre una acción de gracias por su cercanía y su estímulo, recordando el mucho bien que nos hizo su mensaje en el anterior Capítulo General, el camino de transformación recorrido por la Congregación durante este sexenio, la perspectiva sinodal y apreciativa desde la que hemos querido enfocar el presente Capítulo y los retos que se abren ahora para nosotros en el orden del arraigo y de la audacia. Enseguida ha sido el mismo Papa quien ha tomado la palabra para dirigirnos el preceptivo discurso. Ha comenzado felicitando y animando al nuevo Superior General y a sus Consejeros en la tarea encomendada, reservando también una mención cariñosa para nuestra hermana Jolanta Kafka, RMI, a quien ha descrito como una mujer que, además de hablar varios idiomas, busca dominar el idioma de Dios. Después ha ido invitándonos de distintos modos a tejer una vida de profunda relación con el Señor para convertirnos en misioneros audaces del Evangelio, que no se dejan abatir ni por el envejecimiento del cuerpo ni por el del alma. «Deben estar arraigados en Jesús», nos ha dicho, a través de «una vida de oración y de contemplación que los lleve a poder decir como Job: “Yo te conocía sólo de oídas, pero ahora te han visto mis ojos”». Porque solo una vida de intimidad y adoración nos permite «hablar, como amigos, cara a cara con el Señor, y contemplar el Espejo, que es Cristo, para convertirse ustedes mismos en espejo para los demás». Solo siendo adoradores podemos llegar a ser testigos.

Francisco también ha hecho alusión al comienzo de la Definición del Misionero, de san Antonio María Claret, y ha citado algunas partes de nuestras Constituciones. En concreto, nos ha llamado a dejarnos quemar por el amor divino para incendiar en el deseo de Dios a quienes se crucen con nosotros, siendo así hombres de esperanza que, sin temor a sus fragilidades, dejan ver en ellas la fuerza que viene de lo alto: «Qué lindo es cuando una consagrada, un consagrado se siente frágil, porque siente la necesidad de pedir ayuda. No hay que tenerle miedo. Tengan miedo, sí, a caer en la “esquizofrenia” espiritual y en la mundanidad espiritual», proseguía el Santo Padre.

Por último, nos ha regalado una terna de consejos para llevar adelante la encomienda misionera al estilo de Jesús: proximidad, compasión y ternura. Las que tuvo Dios desde siempre con el pueblo de Israel y las que deben guiar a todo consagrado en su misión. En esta misma línea y haciendo gala de su sabiduría y espontaneidad, Francisco ha concluido con una loa del buen humor: «No pierdan el sentido del humor, por favor; ríanse en comunidad, hagan chistes. El sentido del humor es una gracia de la alegría y la alegría es una dimensión de la santidad».

A las densas palabras del Papa ha seguido su cordial apretón de manos para cada uno de los que hemos tenido la dicha de estar con él. A través de nosotros, su impulso y su calidez alcanzan a toda la Congregación y a cuantos peregrinan y nos acompañan por las sendas del Evangelio. Los ecos de tanta alegría se dejaban sentir entre nosotros mientras disfrutábamos una sencilla comida al aire libre en el jardín de la Curia General, cuyos miembros nos han acogido con entrañable fraternidad. Desde la comunidad capitular, con enorme gratitud, pedimos al Señor que todo lo que hoy hemos recibido se traduzca en frutos de buenas obras, que conceda al papa Francisco cuanto él nos ha deseado a nosotros y que los Hijos del Inmaculado Corazón de María podamos seguir bregando alegres en la barca de la Iglesia.

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