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MOSAICO VIVO | P. MACARIO

Publicado Mayo 26, 2021

Por P. Martín Montoya García, cmf

P. MACARIO SÁNCHEZ VARGAS CMF, EL AMIGO FELIZ.

El 23 de febrero del 2016, estando en la Casa de recuperación “Marcelino Gallardo”, fuiste llamado a la Casa de Dios Padre. Motivado por la estima y la admiración que te tuve y conservo, a continuación, destaco algunas virtudes que, a mi parecer, reflejan parte de tu personalidad.

 

Misionero Alegre.

¡Padre Macario, Maco con cariño, ¡cómo olvidar tu rostro misionero! Siempre irradiaste alegría, siempre te caracterizó el buen ánimo; fuiste un misionero feliz en todo lugar y circunstancia de la vida.  Las crónicas de nuestras casas, donde fuiste enviado, mantienen viva tu memoria; ellas nos cuentan que fuiste un hombre de palabra elegante, asertiva y acogedora. Desde tus primeros años en el seminario entendiste el Evangelio desde la clave del servicio; las palabras de Jesús “el que quiera ser grande que sea el último y el servidor de todos” pronto anidaron en tu corazón.  Fuiste una persona entusiasta y de entrega apasionada. Todo lo hiciste con amor sin medida; viviste y disfrutaste la compañía de tus seres queridos. Reíste con ellos, también con amigos y con aquellos apenas conocidos. Así eras tú Maco, un alegre misionero.

 

El Misionero Hospitalario

Recuerdo cómo te entusiasmaba atender a tus hermanos claretianos. De manera especial, recuerdo tu trato a los llegados de las misiones. Les ofreciste, además del alimento, tu palabra cordial y acogedora. Les diste tu tiempo y tu escucha, nada les faltaba. Fuiste un misionero hospitalario con tus hermanos misioneros y con muchos otros. Los pobres, aquellos que tocaban tu puerta, encontraron en ti pronta respuesta a sus muchas necesidades.  No te limitaste a tener gente en casa, con todos mostraste gentileza; para ellos te convertiste en verdadero prójimo, en verdadero hermano de camino.

 

El Misionero Generoso

P. Maco, viviste intensamente el desprendimiento y la generosidad. Nuestros archivos provinciales guardan fotos tuyas acompañando a indígenas, campesinos e indigentes de la calle. Además de tu palabra cálida y oportuna, les ofreciste lo necesario para saciar su hambre, su sed y resolver sus muchas necesidades. Tu generosidad nos enseñó la importancia de empapar el corazón con el Evangelio si se quiere ser misionero. Amaste, serviste y lo diste todo, sin límite.

 

El misionero memorable.

Acerca de tu vida misionera, querido P. Macario, no tengo fechas claras y precisas.  Lo que si tengo muy presente es tu testimonio misionero. Permíteme ahora abrir el baúl de los recuerdos y contar algunos momentos claves de tu vida.

Primeramente, recuerdo tu trabajo misionero entre indígenas Tlapanecas, allá en la montaña alta de Guerrero; creo que fue a finales de los años 70 y principios de los 80.  En ese momento la vida y la juventud te sonreían. Durante estos años maravillosos te hiciste uno de ellos; estuviste en sus fiestas saboreando el caldo de chivo acompañado con tortillas. En las fiestas patronales, reunido con la comunidad, alegraste el alma con la música de la banda del pueblo y la entonaste con el sorbo del aguardiente compartido. También te entristeciste con ellos; estuviste cerca y te dejaste tocar por su hambre, enfermedad y sus múltiples injusticias. En situaciones de obscuridad, con ellos reencendiste el cirio, signo de fe y de esperanza.

Aún recuerdo cuando bajabas de la misión y pasabas por el seminario de Morelia con tu actitud positiva, la propia de un misionero feliz y realizado. Vestías ropa sencilla, botas “todo terreno” y presumías tu barba alargada. Tu presencia testimoniante inspiró mi vocación y la de otros compañeros soñadores.

Otro momento de tu vida, lo recuerdo como si fuera ayer, fue tu presencia en San Hipólito, allí fuiste superior de la comunidad. El 26 de abril de 1985 moría el misionero claretiano y gran amigo tuyo P. Ángel Alegre Conde. Le apodabas “el sordo”, por su debilidad auditiva y por su “pastoral con sordos”. Muerto tu gran amigo, te hiciste cargo de esta pastoral especial. Recuerdo que se te dificultaba aprender el lenguaje de señas y decidiste pedir apoyo a algunos estudiantes de filosofía, entre ellos estaba yo.

Tu presencia entre sordos registró avances importantes. Inauguraste la instrucción “Primaria” para los niños siguiendo la metodología proporcionada por el Instituto Nacional de Educación Para Adultos (INEA). Además de la educación académica para niños, los sábados por la tarde era un gozo ver a tantos jóvenes sordos en los salones de San Hipólito unos recibiendo clases de alfabetización y otros capacitándose en diferentes talleres y otros más aprendiendo el Lenguaje de Señas. Para nosotros, misioneros estudiantes, resultaba un gozo indescriptible ver reunida la comunidad de sordos. Juntos aprendían, reían y crecían en el don de la fe.

Con tu aporte, querido Macario, se comenzó a crecer y a difundir esta “gran obra misionera”; el éxito interesó y atrajo a personas peritas en educación, lo mismo a medios de comunicación y personas de Iglesia. Todos se interesaron en aprender el “lenguaje de señas” para comunicarse y ofrecer algo a las personas sordas.

Parte de la formación integral del sordo fue la educación en la fe. Con tu participación Maco, y con permiso de las autoridades correspondientes, los sordos pudieron recibir en San Hipólito los sacramentos del Bautismo, Primera Comunión y Matrimonio, todo en su propio lenguaje. Con tu apoyo, organizamos la misa dominical la misma que se distinguía por el “coro de sordos” y donde “ellos” proclamaban la palabra de Dios y realizaban otros ministerios. En el mes de diciembre todos esperábamos las famosas “pastorelas de sordos” donde ellos eran los actores y directores principales. Todo esto fue posible gracias a tu apoyo incondicional a los sordos.

Otra etapa importante de tu vida, P. Maco, fue tu estancia en San Rafael, o como le llamabas “San Rafael de las Ilusiones”. Allí te entregaste en cuerpo y alma, allí trabajaste con otros hasta transformarlo de lugar semiárido en un lugar paradisiaco. Uniste manos y voluntades para plantar limones, naranjos, pistaches y otros árboles frutales. Por tu propuesta al gobierno provincial, a la postre, este lugar fue sede del Noviciado. Más tarde te convertiste en maestro de las nuevas vocaciones misioneras; tu palabra, respaldada por tu calidez humana, acompañó la inquietud y el proceso vocacional de los jóvenes llegados.

Una vez cumplida tu misión, dejaste San Rafael para trasladarte a León Gto. Una tarde, de forma inesperada, enfermaste y fuiste trasladado a la naciente residencia Marcelino Gallardo, en Morelia Mich. Allí, con otros misioneros también cansados por las mil batallas misioneras, pudiste ofrecer a Dios el poco aliento que te quedaba.

Descansa en la paz de Dios querido Misionero amigo. Te recuerda con agradecimiento.

P. Martín Montoya García, cmf.

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