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La esperanza levantada de los escombros, sismo de México 19S

 

Muchas personas, del interior de la República Mexicana y del extranjero, se han comunicado interesadas para fortalecer nuestra red.

editorial_febrero

Son las 13.14 horas del día 19 de Septiembre en la Ciudad de México. Los mercados, las escuelas, las oficinas y los centros comerciales trabajan ordinariamente. En nuestras Iglesias algunas personas oran en silencio. Parece un día de tantos, pero no. Repentinamente la alarma suena para advertir el sismo que se aproxima. Todos corremos, tenemos pocos segundos para alcanzar el lugar más seguro.

El anunciado no tarde en llegar. La tierra tiembla, las paredes crujen, las lámparas, las cortinas y todo lo que cuelga parece caer. El bamboleo de los edificios, algunos  desplomados, advierte de la gravedad de la situación. Los gritos desaforados y las oraciones espontáneas pidiendo piedad y protección, aumentan el drama. Todo sucede en menos de dos minutos.

Pasado el sismo, familiares, amigos y conocidos, nos reunimos en la calle, deseamos compartir la angustia vivida. Las voces entrecortadas y nerviosas caracterizan nuestra conversación. Recontamos dónde estábamos, qué vimos y qué sentimos. Nos preguntamos por los estragos que este fenómeno inesperado habría causado a nuestra ciudad. Los adultos mayores, testigos del sismo acaecido aquí mismo en el 1985 y en igual fecha, sabemos de lo que hablamos. Suspendimos las conversaciones para, sin pensarlo, buscar el celular e intentar comunicarnos con los nuestros, nos preocupa su suerte. Sin embargo, por las líneas saturadas o suspendidas, nuestro propósito tiene poco éxito, hay que esperar.

Minutos más tarde, las estaciones de la radio, las redes sociales ya restablecidas y la televisión publican un primer informe.  Los medios confirman la noticia: varios edificios, algunos cercanos a nuestras sedes misioneras de las colonias del Valle y de la Narvarte, han colapsado y se teme por las personas sepultadas, especialmente por los sobrevivientes. Los periodistas dan especial cobertura al colegio “Enrique Rébsamen” donde, aseguran, hay varios niños atrapados.

En respuesta, algunos Misioneros Claretianos residentes en la Curia Provincial y en la parroquia del Purísimo Corazón de María, nos dirigimos a ofrecer ayuda. Nos mezclamos entre la multitud para acompañar la tristeza y el dolor de los que han perdido algún ser querido y su patrimonio. 

Luego, coordinados por el ejército, espontáneamente nos unimos a la larga fila de voluntarios para trasladar los escombros. La esperanza de encontrar a alguien con vida mueve a los presentes a trabajar codo a codo. Para tener éxito, los cientos de voluntarios aprendimos un lenguaje convencional; por ejemplo, ante el grito de auxilio provenido de entre los escombros, se levantaba el puño cerrado y todos guardamos silencio absoluto; con esto todos colaboramos para facilitar su localización y su posible rescate. Sin embargo, de las víctimas encontradas solo unas cuantas son afortunadas. La mayoría se trata de cuerpos inertes, algunos desfigurados o mutilados.

Transcurre el tiempo y la multitud de voluntarios crece. Nuestro dispensario médico, el brazo de la caridad de la parroquia del Purísimo Corazón y ubicado dentro de la zona del desastre, funciona como centro de acopio. Una multitud de jóvenes reciben la ayuda solidaria de los donantes y otra se encarga de llevarla y repartirla a los destinatarios. Son toneladas de víveres, ropa, herramienta y todo lo necesario para la emergencia. Médicos, empleados y voluntarios de nuestro dispensario acompañan la labor titánica. Podemos afirmar, el servicio desinteresado de nuestra red de apoyo levantó la esperanza de entre los escombros. Algunos llegaron por la mañana, otros a media mañana, unos al medio día o al atardecer, como narra Mt. 20, 1–16. Esta vez no hubo disputa por el salario o por el mérito, simplemente querían servir, comprometiendo su vida.

Concluimos las jornadas intensas de trabajo con un momento de oración. Entrelazadas las manos y los corazones, pedimos por las víctimas y por sus familiares. Además, pedimos al Señor, hoy más que nunca, fortaleza nuestra voluntad solidaria.

Ya han pasado algunos días y la vida de las ciudades afectadas, entre ellas la nuestra, poco a poco se normaliza. A la fecha, las estadísticas suman cerca de 350 muertos, cientos de desaparecidos y miles de familias sin casa. Quienes formamos  la red de ayuda para este siniestro, claretianos y laicos, sabemos que las necesidades y la misión continúan.

Muchas personas, del interior de la República Mexicana y del extranjero, se han comunicado interesadas para fortalecer nuestra red. Estos días, en diálogo con el equipo provincial y superiores locales definiremos los proyectos, con las estrategias y los destinatarios de nuestra ayuda.

P. Enrique Mascorro López, cmf

Superior Provincial de México

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